Tras el masivo seguimiento de la huelga del 29 de marzo, que dejó patente el firme rechazo de los trabajadores y trabajadoras a la política de recortes del Ejecutivo, y ante la creciente sordera gubernamental al llamamiento de los sindicatos para corregir los abusos injustificables que acorralan tanto a trabajadores como a ciudadanos, comprobamos, estupefactos e indignados, cómo Rajoy y su gabinete insisten tercamente en sus errores.
Estos días he podido ver a mujeres y hombres admirables que recorrían las calles anunciando, a todo el que quisiera escuchar, con lenguaje claro y sencillo, la manera de defender sus derechos.
Así lo ha anunciado la portavoz del recién elegido Gobierno de España, representante de un partido político, el PP, que durante toda la campaña electoral nos saturó con un machacón, solemne y aparentemente monolítico mensaje: no vamos a subir los impuestos.
Es una de las afirmaciones más corrientes de los políticos cuando son cuestionados sobre el actual desgobierno al que nos ha llevado el dejar en manos de los mercados decisiones que deberían estar en el terreno de la política.
Desde luego no para los millones de votantes que dieron su confianza a los partidos de izquierdas, ni para las 51.183 personas que este mes ha engrosado la alarmante cifra de parados que se suman a los cuatro millones largos que ya lo estaban, ni para las miles que sin desfallecer muestran su repulsa todas las tardes en las calles de nuestras ciudades. Y sorprendentemente, tampoco la caprichosa Bolsa ha tenido un comportamiento positivo.
Hasta hace poco, para una parte importante de la sociedad la llegada del viernes era motivo de regocijo. Terminaba la semana laboral y se abría la esperanza del descanso semanal.
¿Sería nuestra sociedad suficientemente eficaz y justa si en un arrebato de acierto colectivo decidiésemos ignorar la existencia de los mercados financieros? Vivir como si no existieran, negarles su espacio en los titulares de prensa, eludir su cobertura publicitaria. Dejarían, quizá, de ser el centro de nuestras vidas y los causantes de nuestros males.
Sin ánimo de usurpar el título de la memorable película de Robert Reford, pero bien parece que ahora la esté protagonizando el autodenominado jefe de la oposición española
¿Serán acontecimientos aislados o tendrán alguna relación en sus orígenes? Buena pregunta que hasta ahora no he visto planteada en los medios, ni por supuesto, respondida
Otra vez agosto, las calles se hacen transitables, nadie parece tener prisa por llegar a su destino, como si el tiempo quedase suspendido entre las brumas que anuncian los calores de la mañan
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